The Menace
El hombre estaba cabizbajo, sentado en ese bar de cuarta mientras sorbía, de a ratos, su miserable bebida.
Yo todavía no había escrito mi famosa tesis de la pólvora como afrodisíaco.
Sus hombros hundidos y su ceño fruncido eran característicos, estaba terriblemente frustrado y hablaba solo mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Me conmovió, y cuando me acerqué a él, no era el psicólogo que quería saber, estaba conmovido.
Estuve pensando la mejor forma de acercarme y cuando casi me decidía a hablarle levantó sus ojos enrojecidos y me dijo:
- Venga, siéntese, voy a hablar con usted, le interesará lo que tengo que decirle.
Estuve a punto de negarme, era, evidentemente, otro de esos especímenes que creen que su vida debe ser llevada al cine.
- Venga siéntese, yo invito.
Eso era otra cosa.
- Como no.
- No diga nada,- me dijo. Y empezó a hablar.
«Estaba caminando por dieciocho cuando la vi. Era muy bonita, su uniforme de policía le quedaba hermoso. Una cintura esbelta, senos firmes, nalgas elevadas y separadas, dibujadas por la pollera azul tras sus muslos altos. Una belleza.
Me acerqué y le pregunté por la calle Paraguay, a lo que se limitó a levantar el brazo y señalar hacia arriba, hacia el cartel.
Tuve una visión fugaz de una nariz respingada y una boquita menuda y granate, (gracias Serrat), mientras desde el fondo de sus ojos azules una chispita de complicidad me hizo sonreír.
Se dio vuelta y comenzó a caminar, alejándose, de pronto, se detuvo y me miró a través de un flequillo dorado.
Hasta ese entonces no había oído su voz. No desentonó en absoluto, era una voz modulada de contralto que provocaba un erizamiento en la nuca.
- Mi ronda termina a las seis, si todavía estas acá te espero.
Luego no me miró mas y siguió alejándose mientras yo seguía su ir sintiéndolo en el pecho y la garganta.
A las seis la vi doblar por Paraguay desde San José rumbo a Dieciocho. Su ir no intimidaba en lo mas mínimo a su venir, era como realizar las fantasías de un nonato.
- Hola.- le dije.
- Me dio un beso y me dejó sin respiración.
- Vamos a tomar algo.- la invité.
- Vamos a mi casa.- me dijo mordiéndome la oreja.
Usted cree que yo respondí que sí, entusiasmado y rápidamente.
No se equivoca.
La casa estaba en Rondeau y Nicaragua, Denis, ese era su nombre, vivía sola.
Cuando la puerta se cerró nos abrazamos y empezamos a besarnos como osos hormigueros cubiertos con larvas de termita reina.
Llegamos a empujones hasta la cama, me desnudó, me tiró sobre la cama y saltó sobre mí.
Lentamente empezó a sacarse el resto de la ropa y tuve que convencerme que no estaba soñando. Sus senos tenían pezones como frutillas, aleteaban con vida propia, su sexo se adivinaba a través de su vello púbico como una de esas plantas carnívoras que obligan a entrar, aunque sea lo último que se haga.
Increíble, pero mientras hacíamos el amor, ellas subió arriba mío y me esposó a la cama, y después del primer orgasmo, (pensé que se disolvía), se levantó de mí y fue a buscar el revolver de reglamento.
Estar con la mujer mas hermosa del mundo y esposado ha sido una de mis fantasías desde que tengo doce años, lo que no recuerdo es haber deseado que ella estuviera armada.
Se subió encima mío y apuntó a algún sitio alejado de mi cabeza un par de milímetros.
- Otra vez.- dijo.
- ¡¿Qué?!- voz incrédula.
Tiró del gatillo hacia atrás, y noté lo tensos que se ponían sus glúteos contra mis muslos.
¡¡¡KBAMM!!
La bala me había despeinado.
Grité, pero me pegó un golpe con la mano abierta.
- Otra vez.- Dijo y levantó el arma, esta vez hasta mi entrecejo.
Y lo hice otra vez.
La historia se repitió hasta que su revolver quedó sin balas, y, para que fanfarronear, el mío también.
Esa es la historia, no he vuelto a salir con otra mujer desde entonces.»
- Pero, ¿cómo terminó la historia?- le pregunté.
- Después de la última vez me sacó las esposas, me llevó hasta la puerta y me dejó tendido en la acera, desnudo, al lado de mis ropas. Me vestí y me fui.
- No entiendo, no hizo nada y parece usted un hombre bastante fuerte.- le dije extrañado, pensando que sin duda si alguien abusara así de mi, yo haría algo.
- Es usted idiota, o no escuchó lo que le dije. Era una hembra hermosa, que se llevaba cada vez el doble de lo que me proponía darle, EL DOBLE. ME OBLIGÓ A HACERLE EL AMOR SEIS VECES, ¿CREE QUE HUBIERA PODIDO HACER ALGUNA OTRA COSA MAS QUE PARLOTEAR INSULSAMENTE?
Dijo un par de palabrotas, eructó y se fue.
Sin pagar.
Enviado por escepticismo a las 02:13 | 8 Comentarios | Enlace
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